El Baúl de Oro

Siempre me impresiona descubrir cómo funciona la psique. En el fondo seguimos teniendo aquella capacidad porosa de la que tienen fama los niños. Muchos dicen que con el tiempo la perdemos, yo estoy descubriendo que sólo la olvidamos. ¿Cómo es posible que perdamos facultades con las que nacemos? ¿No sería eso un retroceso en lugar de un avance? ¿No será que atraídos por los brillantes colores, los vibrantes sonidos o la impetuosa materialidad, simplemente nos olvidamos (o nos acostumbramos) de aquello que portamos de la manera más simple pero más auténtica y pura?

Sí, estoy convencida de ello. Creo que somos víctimas inconscientes del materialismo, de lo físico, y que embaucados por su omnipotencia vamos olvidando aquello con lo que veníamos. Es como ir metiendo en “el baúl de los recuerdos” capacidades que nos son inherentes; y así, empezamos a olvidar. Olvidamos percibir, olvidamos sentir, y a veces olvidamos hasta reír. Nos olvidamos de quienes somos, de lo que queremos y de lo que podemos. Pero el olvido no es lo mismo que la ausencia; en el olvido reside la existencia (tiene que haber habido para olvidar), en la ausencia no tiene por qué haber habido nada.

Esa es la tarea del ser humano: aprender a recordar. Abrir de cuando en cuando aquél baúl y maravillarse al encontrar tesoros olvidados. ¡Cómo nos invade la alegría y nos estallan los recuerdos cuando, sin quererlo, nos topamos con un poco de esa materialidad que tiene olor a historias y sabor a pasado! ¿A caso no vibramos cuando por sorpresa nos encontramos con aquél recorte de periódico que guardamos desde niños? ¿No nos emocionamos al descubrir entre las hojas de un libro olvidado aquella fotografía familiar? ¿No nos invade la ternura al encontrar por el desván nuestro primer diario, o aquél osito de peluche que le encantaba mordisquear a nuestro primer perro?

De igual manera puede abrirse en nuestro interior nuestro baúl de oro. Aquél en el que guardamos los recuerdos de quienes verdaderamente somos, las pistas de dónde verdaderamente procedemos, las marcas de lo que realmente somos capaces… Y está ahí, sólo es preciso escarbar un poco. Sólo se necesita cambiar la mirada. Sólo hay que querer encontrarlo.

El otro día yo volví a encontrar mi baúl de oro. Y digo “volví a encontrar” porque los baúles de oro tienen la costumbre de no permanecer en el mismo sitio por mucho tiempo. Hace unos cuantos años lo encontré cerca del plexo solar, lo pude abrir por un instante y cuando me quise dar cuenta ¡pluf! Ya había desaparecido. Por suerte, pude rescatar uno de los tesoros que guardaba. Esta vez lo encontré en el corazón y ¿a que no sabéis lo que descubrí?

Hace dos semanas que me venía persiguiendo un extraño resplandor. Era una especie de luz blanquecina amarillenta que emanaba de los lugares más insospechados. Miraba a los árboles y allí estaba, miraba a los pájaros y la encontraba, miraba a mi perro y me guiñaba un ojo, miraba a una anciana en el metro y me acariciaba, en fin, acabe frotándome los ojos… y froté y frote pero aquella luz, en lugar de desaparecer, se hizo más intensa. Ahora estaba en las nubes, en las piedras, en las mariquitas, en el agua que bebía, en el viento de Siberia, hasta en mi reflejo en el espejo. Limpié los cristales de mis gafas (a veces los llevo tan sucios que se me aparecen ovnis), probé a mirar frunciendo el ceño, probé con los ojos abiertos como platos, hasta intenté ir con los ojos cerrados… nada, no había manera, aquella misteriosa luz permanecía.

Andaba yo en clase de alemán (rodeada por diecinueve seres luminosos) cuando empecé a notar cierto calor por la zona del pecho. Era un calor sosegado y reconfortante, que transmitía paz y tranquilidad. Ese calor me transportó en el tiempo, no sé si a mi  infancia inmediata o a la esencia de las infancias. Algo dentro de mí reaccionó a ese calor en señal de reconocimiento y me sentí envuelta y recogida en él, como se sienten los niños en el regazo de su madre. Rodeada por él todo era continuidad y plenitud, paz y armonía. Era algo tan inmenso que mi pecho no era capaz de abarcarlo y fluía a borbotones impregnando todo lo que antes sólo tenía luz.

Dado que fluía a través de mi pecho, me sentía conectada con todo aquello que impregnaba. Ya no era capaz de diferenciar entre mi ser y el del compañero de enfrente. Aquél agradable calor creaba lazos de unión entre espíritus, me hacía sentir como parte del ser de cada uno de los compañeros. De pronto yo ya no estaba sólo en mí, sino en el italiano de enfrente, la rusa de la esquina o la coreana de atrás.

Aturdida por esta experiencia llegué al descanso entre clase y clase. –Cuatro horas seguidas de alemán no deben ser sanas- me repetía a mí misma mientras me dirigía a refrescarme la cara con un poco de agua. – ¡Lo que me faltaba! Ahora, además de ver “la luz” siento “el calor”. Como se lo cuente a alguien me encierran… ¿Qué c… me pone Rafa en el té de la mañana? – Y así, sumida en estos pensamientos e intentando no mirar a nadie (por aquello del resplandor) me dirigí hacia el aula con la esperanza de no volver a encontrarme de nuevo con los diecinueve seres calorífico-luminosos.

– ¡Mi gozo en un pozo!- Me dije a medida que iban entrando mis compañeros e iban tomando asiento. Allí estábamos todos: las personas, el calor y la luz. -¡Ole!- Me dije a mí misma apoyando el codo sobre la mesa y sujetándome la frente.

No recuerdo cuánto tiempo permanecí en aquella postura, lo que sí recuerdo es cómo aquel calor fue adquiriendo matices: adquirió ternura, compasión y emoción. Comprensión, profundidad, devoción, silencio. Amplitud, calma, seguridad, certeza y respeto. Acogimiento, confianza, gratitud…  y por fin, llegó el entendimiento.

Como suele ocurrirme paseando al perro, aquella noche iba digiriendo las experiencias del día mientras caminaba con la mirada perdida. Intentaba encajar y asimilar aquella extraña experiencia: ¿Por qué esa amable luz? ¿Por qué el tierno calor? ¿Por qué la profunda conexión con otros? Algo fallaba. Me faltaba algo.

Llegué a casa y me dispuse a relatarle mi delirio a Rafa. Sólo en ese momento, en el que intentaba ponerle palabras al sentimiento, me quedé muda. Noté cómo mi mirada se ampliaba y simultáneamente se dibujaba una sonrisa en mi cara. Ahí estaba, mi baúl dorado abierto de par en par, mostrándome un tesoro que rescatar del olvido. Toda esa Luz, todo ese Calor eran la antesala del verdadero Amor. Un Amor puro e incondicional a la vida, a la muerte, a la existencia, a la esencia, a los seres. Un amor que baña Todo, que une Todo, que conforma Todo; del que todos somos parte; al que todos pertenecemos.

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Ahora encontraba la pieza que faltaba ¡El Amor! El recuerdo apareció en mi mente arremetiendo, como si llevara siglos de gritos sordos que por fin fueran a ser escuchados. Mantuve la respiración un momento… y volví a respirar de nuevo cual neonato, con el alma abierta de par en par en un intento de abarcar la inmensidad.

-¡El Amor! El Amor, el Amor… – me repetía a mí misma en silencio- ¿Cómo no me había dado cuenta?

De repente todo cobró sentido: el resplandor, el calor, la conexión… -¡Estamos hechos de amor!- admití maravillada, y con una vehemencia pasmosa comprendí que nuestra misión en la vida es recordar que somos amor; que las relaciones entre seres (humanos o no) están basadas en este principio universal e inmutable; que el amor es la esencia de la voluntad universal de la que todo está entretejido.

Desde entonces no dejo de pensar en algo: debemos aprender a ver el amor fuera porque así lo estaremos reconociendo en nosotros mismos.

Esta es la historia de la última vez que encontré mi baúl de oro y de cómo aprendí a respirar con el alma del mundo a bocanadas de Amor.

Texto: María López Aragón
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