Ser mortal

Puede, que en un primer momento, pensar verdaderamente en la muerte te asuste, te aterrorice o incluso te espante. Puede que imaginar que hace cinco minutos fuera la última vez que veas a tu madre, a tu hermano, a tu marido, o a tu mejor amigo, te de escalofríos. Puede, que pensar que quizá dentro de un rato ya no estés aquí, te parezca una locura. Pero… ¿qué pasaría si por un instante consideraras las opciones anteriores como realmente factibles? Qué pasaría si te hicieras consciente de que nuestra naturaleza humana es efímera, de que somos vulnerables, frágiles, perecederos… En definitiva, de que somos mortales.

Vivimos en la sociedad de los aditivos, de los conservantes, de los colorantes. Una sociedad que quiere ignorar el proceso de deterioro natural que padece todo lo vivo. Tendemos al plástico, a lo frío, a lo perpetuo, a lo inmortal y nos afanamos por disfrazar cualquier signo de decadencia vital. Inyectamos a las hortalizas, manipulamos a los animales, estiramos a las personas y dopamos a los enfermos. Y como resultado las frutas ya no parecen frutas, los animales no se comportan como animales y los ancianos… ¡Ay, de los pobres ancianos!

¿Pero qué pasa cuando uno se topa cara a cara con la muerte? ¿Qué ocurre cuando todo el plástico (por fortuna) ya no es suficiente? Cuando las pastillas sobran y las máscaras faltan; cuando la tecnología cae y los doctos callan…
Es entonces cuando asoma la vida; cuando el mundo se desencanta; cuando apreciamos la belleza de la arruga y el miedo libera nuestras gargantas.
Y entonces los colores brillan; y entonces los pájaros cantan; y aquello antes ignorado aparece ahora en primera plana. Disfrutas de cada aliento, celebras cada palabra y lleno de regocijo no esperas otro mañana. Ya sólo existe AHORA. Ni antes, ni luego, ni en una semana. Todo se llena de gusto, nada parece que falta. El sol, la brisa, las nubes; y un corazón que abraza.

Trágica historia la nuestra, que por mucho querer vivir no hacemos más que morir. Y es cuando la muerte acecha, cuando se abre la brecha entre el vivir y el morir. Pues si es así, cuando se acerca la muerte, que entonces la vida es VIDA… Es ahora cuando te digo ¡muere!; muere ahora, muere luego, muere siempre… puesto que la muerte es vida y la vida es, ETERNAMENTE.

Texto: María López Aragón

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