El primer duelo

“Nacer es comenzar a morir”, decía Teófilo Gautier. Y a juzgar por este precioso vídeo no caben dudas al respecto. Y es que, al dar nuestra primera bocanada de aire, tenemos también nuestra primera experiencia de muerte. Porque… ¿Qué supone para el bebé la separación física de su madre, sino un proceso de muerte?

Ya desde el momento de nacer nos vemos obligados a abandonar un estado, una situación y un tipo de relación. Desde el momento en el que el bebe empieza a bajar por el canal del parto, empieza a desprenderse de todo aquello que le ha acogido, le ha acompañado, y que ha sido su hogar durante los últimos nueve meses. ¿Imaginas lo que puede suponer esa separación?* Es un proceso de desligamiento muy profundo que significa la independencia física del bebé con respecto de su madre. Hasta entonces no habían existido barreras materiales entre ambos, considerándose uno como parte del otro. De tal manera que el nacimiento supone decir adiós a una parte integrante de nosotros mismos.

No me cabe duda de que una de las tareas que el ser humano ha venido a desempeñar en la Tierra es aprender a morir; aprender a despedirse de todo lo que en un momento determinado deja de serle necesario. Y para cumplir esta tarea, él mismo crea situaciones y se coloca en posiciones “simulacro”, a través de las cuales pueda ir poco a poco aprendiendo esa difícil lección. ¿Quién no se ha mudado, ha dejado un trabajo, ha perdido un objeto valioso, se ha despedido de un amigo, ha acabado una relación o ha enterrado una mascota? Todas éstas son pequeñas pérdidas a las que nos exponemos una y otra vez, en el intento inconsciente de comprender el funcionamiento de la muerte; en el intento de prepararnos para la que será la gran pérdida, la que suponga nuestra propia extinción física.

Una de estas “lecciones de muerte”, quizá la primera, es la que se produce en el momento del nacimiento con el abandono de nuestro hogar prenatal y la separación física de nuestra madre. De tal forma que, ya desde nuestros primeros instantes en el mundo, nos damos a la tarea de aprender a morir.

Lo que se puede observar en el vídeo no es más que el proceso de duelo del bebé ante la pérdida de su “estatus” anterior. Sólo unos minutos antes nadaba plácidamente, envuelto por su propio mundo, entre las entrañas de su madre, a la que se mantenía profundamente unido más allá del cordón umbilical. El pulso, la respiración, la voz y los procesos internos de ésta creaban su universo. Sus pasiones, alegrías, tristezas o preocupaciones eran alimento de su alma.

Con el nacimiento el niño pierde su mundo y cambia la relación con su madre. Ahora es un ser físicamente independiente que debe dejar atrás lo anteriormente conocido para sumergirse en una nueva existencia y forjar su propia identidad.

El del nacimiento, puede resultar un ejemplo claro de la perspectiva desde la que debemos mirar a la muerte; viéndola como una transformación, como un cambio de estado, un signo de evolución, un dejar atrás lo que fuimos ayer, para ser, nuevamente, hoy. Y es que, a fin de cuentas, la muerte física supone un nacimiento espiritual.

* La madre también padece las consecuencias de esta separación física con respecto al fruto de sus entrañas. Para ella el nacimiento trae consigo un sutil proceso de duelo que tiene que afrontar a la par que se construye una nueva relación entre ella y su pequeño.

Texto: María López Aragón
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