Con preguntas en los bolsillos

Todas las despedidas son diferentes, pero intuyo, que en la de esta mañana, algo ha ocurrido dentro de mí.

Durante la ceremonia siempre suelo tener los oídos colapsados por un tumulto de germanismos que se amontonan esperando a ser comprendidos, así que, normalmente, me dedico a observar. Me encanta escuchar con la mirada y ver con el alma; de esta manera puedo acceder a lugares a los que no llegaría a pesar de un perfecto dominio de este enrevesado idioma. De hecho, creo que en cierta medida, me viene bien no entender ni “papa” de alemán, ya que así elimino de un plumazo la distracción de las palabras y puedo concentrarme en lo realmente importante: el idioma de los gestos, las miradas y la posición del cuerpo…

Estoy empezando a sospechar que este “idioma” (no verbal creo que lo llaman en algunos sitios) debe ser universal. Pero ése es otro tema.

El caso es que durante los funerales me dedico a observar. Siempre suelo colocarme en una esquinita, al final, por lo que tengo una panorámica de todo desde atrás. Y eso es lo realmente interesante, porque es detrás donde tienen lugar los procesos “inconscientes”. De esta manera tengo acceso a varios tipos de información: la relativa a la personalidad (si es más o menos pasional, espiritual, si es “cuidador” o “cuidado”, su nivel de fortaleza…); y la relativa a la relación que tiene con la muerte y el difunto (si la situación le pone nervioso o se siente incómodo, su nivel de tristeza, el grado de relación que guarda con el difunto, el nivel de aceptación que tiene de la muerte, el grado en el que se encuentra en el proceso de duelo, etc.)

Observando, también se puede llegar a percibir al difunto. Uno intuye si se encuentra más o menos cerca; si está contento, preocupado o incluso enfadado; si se va ligero o si le cuesta desprenderse de la materialidad… A veces permanecen por ahí durante toda la ceremonia; otras, sólo se nota su presencia en un determinado momento; y hay otras en la que no hay ni rastro de ellos, pues ya andan muy avanzados en su camino.

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Esta mañana andaba yo en una de esas “posiciones telescopio” cuando, para mi sorpresa, me he descubierto observándome a mí misma. Mientras palpaba el ambiente que había en la ceremonia, notaba que algo me chirriaba por dentro. Buscando la manera de hallar respuestas no pude más que intentar ponerme “en el pellejo” del muerto: − Si yo muriera…¿Cómo me gustaría que fuera mi funeral? − casi de manera instantánea un chaparrón de imágenes asolaron mi mente − ¿Qué me gustaría que hubiera?¿Respetarían mis familiares mis deseos? − escalofrío ante el pensamiento de que lo hicieran “a la Lacrimossa“, oséase, a la tradicional, oscura y pesadumbrosa de toda la vida…

Andaba yo en estas cavilaciones cuando una profunda sensación me invadió: − ¡La distribución, es la distribución! − de pronto todo se hizo consciente. Algo fallaba en aquella distribución, que respondía a la tradicional colocación de bancos en hileras. Era como si obligara a la distancia, al frío… Sentí que aquella distribución estaba lejos de integrar y acoger, y que por encima de arropar y envolver tanto al ser que se despedía como a sus afectados familiares, promovía el anonimato y la no implicación. Allí, uno, en lugar de sentirse acompañado se sentía solo; en lugar de sentir calor, sentía frío; en vez de ser uno con todos, era uno solo. − Nota mental: “para tu funeral distribución en círculo” − me dije.

Todos los funerales son diferentes, pero intuyo, que en el de esta mañana, algo ha ocurrido dentro de mí. Hoy vuelvo a casa con los bolsillos llenos de reflexiones por hacer:
¿Qué es un funeral?
¿Cuál es la esencia de esta celebración?
¿Por qué es importante realizarla?
¿De qué manera influye en el proceso del difunto? ¿Y en el de los familiares?

Estas son sólo algunas de las preguntas que se me caen de los bolsillos.

¿Te atreves a compartir alguna respuesta?

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Texto: María López Aragón

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