MEDITATIONS ON THE WAY

Hoy os quiero contar algo que me ocurre con frecuencia.

No sé por qué extraña razón los trayectos en tren, en coche, en autobús… se han convertido para mí en un momento de meditación. Y el hecho tiene algo de mágico porque no es que uno, conscientemente, decida ponerse a meditar en estas situaciones, sino que más bien la propia circunstancia te lleva a ello. ¿Quién no se ha encontrado, de pronto, recostado sobre la butaca y con la cabeza contra el cristal viendo pasar la vida? ¿A quién no se le ha ido el santo al cielo mecido por el traqueteo del camino?

De esa naturaleza son las meditaciones que encontrarás bajo este epígrafe. Reflexiones surgidas en esos momentos encontrados o de encuentro, en los que algo dentro de ti se encuentra con algo de fuera. Son meditaciones nacidas en tránsito y del tránsito. Quizá, inspiradas por ese carácter mágico y caprichoso que te hace elevar los pies de la tierra y te sumerge como en un estado de ensoñación, en el que el tiempo se pliega y el espacio se expande. Y entonces tu mirada se vuelve hacia dentro mientras tus ojos se inundan de colores y movimiento; y en tus oídos reina el arrullo de un rumor constante, a veces más sordo que sonoro.

Es estando así, mas allí que aquí, más en el movimiento exterior que en el estatismo corporal, cuando en un momento inesperado pescas una reflexión. Y digo pescas porque las meditaciones en tránsito son de lo más caprichoso. Al igual que sucede en la práctica de esta actividad, uno tira el anzuelo pero nunca sabe con seguridad lo que va a sacar. Lo mismo pescas un ejemplar hermoso y coletudo, que una bota vieja y empapada; un pez arcoíris, que una lata de sardinas; un submarino, que una bolsa llena de agua. A veces puedes, incluso, no pescar nada… ¡O pescar un resfriado! Eso es lo maravilloso de la historia, que uno nunca sabe lo que va a pescar.

Lo que saques del mar del subconsciente o de la nebulosa de pensamiento universal también tendrá que ver con el tipo de pesca que practiques: Los habrá que practiquen la pesca de arrastre y se encuentren con una ensalada de pensamientos; otros preferirán la pesca de cerco, acorralando decididamente a la idea; y también los habrá que utilicen la botella de plástico con un trocito de miga de pan. Yo, por mi parte, prefiero la pesca de altura. Esa en la que echas la caña y te pones a soñar y si tienes la suerte de pescar alguna meditación, ya sonará el cascabel.

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No debemos olvidar el detalle de que la actividad pesquera es una actividad de muerte, en la que en la mayoría de las ocasiones el pez acaba espirando. Yo, como soy pro-vida, prefiero devolver la idea al mar de pensamiento universal una vez la he contemplado y admirado durante unos instantes. Y como ocurre siempre que se devuelve algo tras una detenida observación, la cosa o el ser en sí no vuelven nunca en el mismo estado que cuando lo encontramos, sino que lo hacen transformados.

Bueno, pues aquí os dejo con mis pescaditos. Aceptadlos tal como son, pues yo los acepté tal como vinieron: algunos más brillantes, otros más traviesos; algunos más profundos, otros inacabados… pero todos como regalos agradablemente inesperados.

Meditar del latín (meditāri): Aplicar con profunda atención el pensamiento a la consideración de algo, o discurrir sobre los medios de conocerlo o conseguirlo. (RAE)

Y tú… ¿Qué pescas?

 

Safe Creative #1404100558123 Por María López Aragón. Abril, 2014.

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