El adiós de la mantilla negra

“[…] nada es verdad ni es mentira,
todo depende del cristal con que se mira.”
Varios autores

¿Te has imaginado alguna vez tu funeral?

A algunos la sola imagen de este acontecimiento puede resultarles tan inquietante que probablemente tras la primera fracción de segundo ya hayan cambiado de tema. Para otros el cambio de conversación puede retrasarse un poco más, en la medida en que se detienen escrutándote con mirada interrogante. Si eres de los que aún sigue leyendo, de los que aún no quiere cambiar de conversación, te doy la bienvenida a esta entrada en la que intentaré plasmar que existe otra manera de ser despedido.

En la época actual suele ser habitual asociar los funerales, entierros o incineraciones con una masa negra de asistentes, reunidos en un espacio lúgubre y oscuro, en un ambiente lacrimógeno, de desgarro y desolación. Este hecho no resulta extraño teniendo en cuenta que hasta ahora hemos venido actuando bajo el amparo de la seguridad que nos otorgan las pautas marcadas por la costumbre y la tradición. Si echamos la mirada hacia atrás unos cuantos milenios, observaremos cómo a lo largo de la historia el ser humano, en su intento de abarcar  un inabarcable como lo es la muerte, se ha sumergido en el ejercicio de variados ritos y prácticas funerarias que han alternado periodos luminosos con otros más oscuros, así como concepciones más dramáticas o esperanzadoras sobre nuestro destino final. En lo que nos atañe a los europeos, venimos arrastrando vestigios del modelo cristiano establecido en Roma allá por el siglo III d.c., en el que, entre otros, se estableció el negro como indumentaria principal y el entierro o inhumación del cadáver como práctica mayoritaria. Además aún pervive en el imaginario colectivo el carácter dramático de las plañideras grecolatinas.

Pero el patrón de actuación frente a la muerte no siempre ha sido así. De hecho, si en un esfuerzo ocultista elevamos nuestra mirada a tiempos primigenios en los que el hombre aún no era hombre tal y como lo conocemos hoy en día, nos daremos cuenta de que la muerte tampoco era como la concebimos ahora. Esto nos lleva a una pregunta y a una afirmación: la primera ¿es la muerte un acontecimiento propio únicamente de la Tierra*?; la segunda: el desarrollo del concepto y tratamiento de la muerte ha evolucionado de manera paralela a la evolución del ser humano.

En términos antroposóficos es conocido que el ser humano, en su evolución, ha seguido un camino de encarnación. A lo largo de distintos periodos ese ser que al principio era uno con el Cosmos, ha ido definiéndose cada vez más a sí mismo, separándose, en ciertos aspectos, de lo que le circunda. Digamos que se ha ido precipitando, que ha seguido un recorrido de densificación, pasando de estados más etéreos a otros más físico-corpóreos. Éste también ha sido un camino de sacrificio espiritual en el que el hombre, al hacerse cada vez más hombre, ha ido olvidando su procedencia como ser espiritual, sumergiéndose cada vez con mayor intensidad en la materia. En este descenso ha ido perdiendo su conexión con el Cosmos y la naturaleza; su mirada se ha ido velando y sus sentidos más espirituales se han adormecido, en virtud del pleno desarrollo de los físicos. Nos encontramos entonces con un ser humano que en su camino de encarnación se ha densificado con tal intensidad que hasta su esencia espiritual, aparentemente, se ha quedado en los huesos. Desde esta perspectiva no se hace difícil comprender la tendencia de pensamiento que sostiene que la muerte es el final.

En los últimos siglos hemos venido practicando esta dinámica sombría y dramática de la que hablaba al principio. Hemos cubierto a la muerte con una mantilla negra, tiñéndola de pesadumbre. Es como si al hablar de la muerte o del morir aún siguiéramos portando sobre la cabeza ese pesado velo oscuro, presentándonos una realidad ennegrecida y turbia. Y es de sabiduría universal el temor innato del ser humano a la oscuridad…

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img: anon.

Y aquí viene la obligada pregunta: si es cuestión de visibilidad… ¿Por qué no nos despojamos de una vez por todas de la dichosa mantilla negra? ¿Por qué no abandonamos una perspectiva que nos escurre el alma? ¿Por qué preferimos ver la oscuridad en la luz y no la luz en la oscuridad?

Afortunadamente el recorrido evolutivo del ser humano aún está lejos de su final, lo que nos brinda la oportunidad de remontar en esta curva que parece por fin haber tocado fondo. Hemos alcanzado el punto de mayor materialidad; nos hemos hecho amos y señores de lo físico hasta tal nivel que hemos dejado a nuestro ser espiritual en los huesos.

Sin embargo, hay intrépidos que ya se están despojando de “la mantilla” y que empiezan a adaptar sus pupilas, hasta hace poco, habituadas a vivir en penumbra, a una nueva visión más luminosa.

A esta visión luminosa de la muerte corresponden las siguientes despedidas, organizadas y dirigidas por mi querida amiga Ángela Fournes, directora de la primera funeraria antroposófica de Berlín, con la que he tenido la suerte de trabajar durante este primer año.

La siguiente serie de fotografías es una muestra de que otra muerte es posible. De que cada uno de nosotros podemos y debemos tomar parte de nuestra propia despedida y de la de nuestros seres queridos. De que tomando un papel activo favorecemos el bienestar de aquellos a quienes despedimos, así como trabajamos el propio. Al hacer para los demás estás haciendo para ti mismo.

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Yo ya le he dicho adiós a la mantilla negra, ¿y tú?

Safe Creative #1407061416808Texto e imágenes: María López Aragón. Berlín, Julio 2014.


*Según la antroposofía la evolución del ser humano es paralela a la evolución del planeta en el que reside, o viceversa. De esta manera lo que ahora conocemos como Tierra no es más que el último estado de un “planeta” que se encuentra en constante evolución. Algunos de las denominaciones que recibe en sus estados primigenios son: Antiguo Saturno, Antiguo Sol y Antigua Luna.

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